Recuerdo cuando nos mudamos con mis viejos y mi hermano a la cooperativa. Estaba maravillada, era una casa nueva. Todo era blanco, no habían imperfecciones, el patio no era tan grande como el de la casa de los abuelos pero igual podíamos imaginarnos ahí todo lo que quisiéramos.
Se preveía un galpón y una parra grande que techara el fondo para las piscinas que en verano nos acompañarían.
Teníamos un cuarto hermoso, con persiana de enrollar, cortinas y vidrios corredizos, pisos de parquet y con un ropero que fue el reciclado de un mueble antiguo que ya no se usaba. Las cuchetas entraban perfectas, incluso si hubiésemos querido bajarlas. Los juguetes en su caja y algún que otro poster de los Gobots ó Frutillitas que alguien nos regalaba.
La casa era cómoda y tenía escaleras, amaba subir de a 3 escalones con mis piernas largas, alguna que otra vez tiré el helecho de unos de los escalones, y tuve que juntar la tierra y armar la planta para que no se notara.
Dentro de los recuerdos más vívidos está mi cumpleaños de 5 donde terminé llorando porque eran tantos niños que se peleaban entre sí y yo no podía controlarlo.
En esa casa festeje mi cumpleaños de 15, me comprometí y mi cuarto fue el primer hogar de nuestra pequeña familia.
De ahí saltamos a la Teja, al apartamento del fondo de la casa de mi Tiita. Era un apartamento humilde, pero estábamos solos. La aventura comenzaba. Solo los dos con una bebe. Aprendimos tanto, de cuidarnos, de taparnos en la cama cuando hacía frío y no teníamos estufa, de pedir leche a mis tíos para Juli cuando no llegábamos a fin de mes. De desarmar galpones y escuchar caer las tarántulas. De saber que Nahu estaba entre nosotros y que gracias a Dios el apartamento tenía dos cuartos, ya podíamos pasar a Juli y preparar todo para su llegada.
Ser cuatro es bastante más caro, y bastante más disfrutable. Teníamos tan cerquita el jardín botánico que íbamos los domingos caminando. En un carrito se sentaban los dos, Juli abría las piernas y abrazaba a Nahu. Quizás estábamos a un kilómetro, no lo tengo claro, eran callecitas que íbamos cortando.
El próximo paso fue Malvín. Ya empezaban la escuela, después la escuela de música y el instituto de inglés. A esa altura nos habíamos independizado económicamente. Ya no éramos empleados, ya teníamos el estudio. Trabajamos, cocinábamos, llevábamos y traíamos a los niños de las mil actividades. Ahí en medio de la inestabilidad total, llega Lucas y yo me di cuenta enseguida. Me acuerdo clarito del día que me agarra del fregadero blanco que lo acompañaba haciendo juego el mármol y los baldosones del piso. Me agarre fuerte porque pensé que me caía, estaba super mareada, ese día sabía que ya no éramos cuatro sino cinco. Lucas nació y cómo por orden de la vida empezaron a marcharse, abuelos, parientes y después que cumplió un año, Mamá lo agarró en sus brazos, le compró un enterito y 5 meses después se fue.
Malvín es de los recuerdos más lindos. Íbamos a la playa caminando, a la placita y andaban en bicicleta, al blockbuster y pasábamos rato eligiendo varias películas.
Festejar más de 16 cumpleaños en esa casa, hacernos amigos del almacenero, del peluquero y de la gente de la cuadra. Surgieron viajes, vacaciones, todo lo que nunca habíamos hecho.
Cerramos la etapa Montevideo y nos vinimos a Ciudad de la Costa. Un nuevo desafío, el momento del desarrollo integral de nuestros hijos, hasta que casi ya no nos necesitaran. En este período se fue Pepe, pero llegó a bañarse en la piscina con sus nietos, él fue feliz y ellos más. Los recuerdos palpitan es su pechos y memoria.
Hacer este recorrido es un disparador de ver fotos viejas, de abrir el baúl de los recuerdos como lo llamamos y empezar a hilar una historia, que es la nuestra. Pienso y repienso, como guardé tantos recuerdos en mi memoria, igual a lo que se preguntaba San Agustín y si sigo el pensamiento ya bastante actualizado de Hume, tengo mil millones de imágenes guardadas en el inconsciente Froidiano que salen un día como hoy, pero sostienen mis ser todos los días.
Se que ya estoy generando un recuerdo nuevo y no es necesario que San Agustín me explique su teoría del tiempo, Google lo hace cada semana y Facebook todos los días.
Hay recuerdos que no tienen fotos ó se borraron, son un tatuaje en el alma, cuando miras para dentro. No vayan a pensar que vivo en el pasado, eso es imposible, lo que paso ya paso, vivo en mi presente pero cuando me pierdo un poquito, recordar genera un especie de alivio, un ungüento, suave y aromático que te traslada a momentos inigualables y desde ahí saco fuerzas para con un sonrisa seguir escribiendo la historia.
















