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Exhalo profundamente,
espero que el dolor del pecho ceda,
y espero.
Una última vez más,
y que no me gane la nostalgia,
la distancia lo va a calmar todo.
Me cuesta muchísimo,
esta vez es la que más me cuesta,
es la que más me duele,
es la última.
Pedí con mayúscula que no me busquen
y a la vez pedí, entre paréntesis,
que no me olviden.
La vida es tirana a veces,
llega a destiempo,
no entiende las culturas,
las emociones ni las frustraciones,
menos va a entender de dolores de pecho,
dolores hondos, calientes y que pesan,
cuando la decisión es tomada en serio.
El tiempo,
que corra ya, el tiempo.
Que solo mire atrás y no sienta nada,
un recuerdo del olvido.
Con la intensidad que vive mi ser,
una ola grande se asemeja a un tsunami,
y en cada remanso respiré aire fresco,
todo lo que podía,
para esperar luego la avalancha de agua que iba a llegar.
Ahora la marea se aquietó,
todo está en silencio,
el agua quedó muda,
no hay viento, no hay olas.
Inversamente proporcional a lo esperado, las extraño,
creo que prefiero el movimiento,
el oleaje que me desacomode
a la impávida paz que no llega ni a sacudirme el pelo.
«Culo inquieto» me llamaron,
cuando todo está tranquilo busco con qué complicarme,
y puede ser.
Pero yo nunca busqué, siempre me vinieron a llamar,
yo quise mil y una vez quedarme quieta
y hacer de cuentas que quedó hundido
en el fondo el más profundo de los mares.
Pero como un vidrio con un mensaje, vuelve a flote
y lastima con el filo que se hunde en mi mano,
por ende en mi brazo,
y por ende en mi pecho,
y sangra,
de a gotas,
que es cuando más duele.
Tiempo solo falta,
y solo sobra,
tiempo.
Que el recuerdo no se olvide,
y que las anclas estén claras para seguir adelante,
por playas más tranquilas
donde hacer la plancha sea disfrutable,
el mar transparente
y el sonido a un eco lejos, muy lejos,
que susurre canciones de rock
para poner paños fríos al centro del pecho.

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