Era el último examen, la última materia, el último poema. Salgo feliz porque estaba segura que era la última nada más claro en mi mente que Vallejos y Rulfo.
Llego y el ánimo era igual, nervios, dolor de panza, calor mucha calor y gente mucha gente. En realidad podían ser muchos exámenes a la vez, así que no importaba que fuéramos tantos, seguro que era más de un salón, más de una materia. Nos hicieron esperar, nuestra ansiedad aumentaba. De un momento a otro arrancaron a llamar, sí eran más clases. Espere que la cosa fuera repartida pero en la otra clase empezaron a llamar y no entraba mas nadie, de repente nos miramos y ya el cuchicheo se hace voz, no entramos todos en un salón!.
Nadie responde, a nadie le importa. Sin darnos cuentas éramos más de 50 en un pequeño salón para 25. Tres profesores en la mesa, muy preocupados, una propuesta diferente a la conversada. Me siento adelante, siempre me siento adelante. Me expongo y muy a propósito, porque se que se y porque no tengo nada que ocultar. Cierran la puerta, eran como 7:30 pm, el calor de la tarde se concentró en el cubículo. Arranco a describir el dolor de Vallejos y el aire me empieza a faltar, miro alrededor porque seguramente otro también tiene calor o se siente sofocado. Pero no todos concentrados en su hoja. Intento seguir escribiendo, repitiéndome que no me podía sabotear el último examen, después de 19 años no podía dejar otra vez por la mitad este proceso. Pero ahora sumado a la falta de aire, me empiezan a temblar las manos, primero la izquierda, de última como soy derecha la bajo de la mesa y listo. Pero empezó la derecha también. El salón cada vez se hacía más chico, cada respiración era menos aire y arrancaron los caballos a galopar en mi pecho. Los latidos eran más rápidos y yo se que cuando la adrenalina corre por mi cuerpo intentando salvarme porque ella y yo sabemos q el salón se achicaba y el aire faltaba, éramos muchos metidos ahí y no se podía sobrevivir mucho rato y menos pensar en los “heraldolos” o en “los perros”; se que cuando ella viene a mi rescate no hay marcha atrás o huyo o acudo a la medicación q me acompaña x si acaso.
Logre poner la pastilla debajo de la lengua con el consentimiento del profesor. Termine como pude el examen y salí, huí de ese lugar. Salí y respire hondo y de apoco deje de temblar. Salve el examen a pesar de las circunstancias y termine un ciclo 19 años inconcluso.
Maté al pendiente, y como dice Vallejos en ese oscuro poema la claustrofobia fue el heraldo que anunciaría un final, muy anhelado pero final al fin, no hay más excusas…

