Tengo un amigo, casi un hermano, que me conoce más que muchas de mis amigas. Hace unos 16 años forma parte de mi familia. Por la poca diferencia de edad él siempre me llamó hermana, y para mí es un honor. Él comía con nosotros, llegó a vivir con nosotros en casa, es el tío de mis hijos, los cuidó infinidad de veces, incluso cuando no estuvimos en el país.
Él sabe algo que muy pocas personas saben y hoy lo cuento: cuando estoy ansiosa, o movilizada emocionalmente por el motivo que sea, limpio, planto, ordeno, me es imposible quedarme quieta.
Es como que fuera una adicta en rehabilitación, como mi perra Lola cuando nos ve llegar, que corre y le da tres vueltas al patio.
En lo personal es como que se activa todo lo pendiente. Todo lo que no tuve tiempo, porque otras cosas siempre emocionales eran más fuertes en mi vida. Cuando se quiebran, se terminan o están a punto de resolverse porque pueden ser negativas o positivas me activo físicamente.
Normalmente arranco por el galpón, mi amigo siempre que llego y me vio ordenando sola y sacando todo para afuera, me preguntaba:
_¿estás bien, te pasó algo?. Y ahí se quedaba a ordenar conmigo y yo le contaba.
Normalmente este tipo de actividades me gustan hacerlas sola, es el espacio que encuentro para no pensar, llorar, saltar, gritar y generalmente cantar esas canciones que va desde Cry Baby a Que bueno, Que bueno.
El ropero es otro buen desestresante y sacar todo lo que no usas más, y mejor si cambiamos de estación, lavar todo y sacar todo y poner todo.
El otro que tiene problemas conmigo o mejor dicho yo tengo problemas con él es el baño, ahí desato la ira, el olor a lavandina se siente desde la cocina yo estoy inmunizada. Refregar la ducha, esos lugares que nadie vió, las juntas de las puertas de la mampara. No hay bicho, bacteria o mosquito, que habite en mi baño.
Ahora, el patio y las flores son diferentes.
El tema ya es más melancólico, es creer que puede volver a nacer algo que viene de la tierra.
Hoy en el patio, escuche mucha música. Corrí la hamaca de hierro, levanté los palets y saqué infinidad de caracoles, hojas del último invierno, guardadas bajo las maderas. Rastrille y con el pico hice los agujeros para las antorchas. Corrí unos palos que encontré, y las puse sobre la cerca que está media abierta y corrí unos troncos super pesados para que aprenten esos palos. Le puse los almohadones a la hamaca y colgué la paraguaya, armé otra vez la mesa de palets y puse los bollones con las velas. Está todo pronto para pasar horas leyendo, tomando mate, o cerveza fría cuando las noches empiecen a calentar con velas antorchas y lucecitas encendidas.

El compost venía después, corrí los bloques del segundo nivel, y empecé con el pico a dar vuelta los residuos para llegar a la tierra negra que está abajo. Traje una bolsa vacía de comida de Lola de 22k. y la llene de tierra negra con lombrices, volví acomodar el compost y sus descomposiciones que traen vida, puse los bloques, rastrille lo que se callo y emprendí para otra parte del patio.
Antes de empezar a estudiar tenía una pequeña huerta y alguna cosa coseché, después sin tiempo, caracoles y el jardinero que pasaba la máquina sin mirar, la enredadera del cerco la tapó. Ayer me dispuse a intentar generar vida de la tierra otra vez, compré: dos plantitas de tomates, dos de morrones y un apio. Elegí el lugar, dimos vuelta la tierra, la mojamos (arena absoluta) y tiramos mucha tierra negra del compost, unas tablas que delimitan y unos bloques, generan un rectángulo no muy grande pero suficiente para nueva pequeña huerta. Doy vuelta uno de los baldes y me siento en el, trazo con el dedo las líneas que limitan los espacios, empiezo con los tomates, sigo con los morrones y termino con el apio. Vi que los plantines iban a necesitar tutores. Fui al roble y corte ramitas, las enterré y las até. Lo miré y me puse feliz, sea cual sea el resultado, lo intenté una vez más. No soy de las que se rinden fácil. Pasaron tres años y resucite la pequeña huerta.

Después del almuerzo, voy para al jardín. Primero saco los yuyos que quisieron tomar protagonismo gracias a mis flores. Rastrillo con el rastrillo de mano, con mucho cuidado todo lo que no sirve, ni se ve lindo. Vuelco más tierra del compost, relleno doy vuelta, despacito para no dañar las otras plantas. Y presento las flores nuevas que compre, los colores, las alturas, cuánto sol y cuanto menos sol. Después que tengo todo pronto, empiezo a trasplantarlas, con un balde de agua y regadera y un banquito y mi guates obviamente. Me voy moviendo como en la escuela de a un paso. Y planto. Atrás, adelante, menos cerquita, mas juntitas. Cuando termino, barro todo y ponga cada cosa en su lugar, para contemplar de lejos mi jardín mejorado.
Y como bien dije es una tarea que la comienzo con melancolía a veces hasta con tristeza, pero la termino con placer. Creo que me lleva a esa niña que le gustaba jugar con barro, agarrar las lombrices y asustar a mi hermano, tocar las raíces y ver colores, muchos y entreverados. Es una sensación placentera. Por demás pase horas sin tocar el celular, la melancolía la di vueltas en el compost, estoy muerta, me duelen los antebrazos, las piernas, la cintura y se que mañana va a ser peor.
Pero el sol, el aire, la tierra, el agua, el fruto de la tierra, el espacio que amo para compartir; todo eso lo hice yo. En vez de seguir dándole vueltas a tantos pensamientos y problemas sin solución, los callé cuando tuve que correr un tronco, no hay lugar para recuerdos ni problemas, hay un tronco para mover.
Y sí, ahora estoy como Lola mi perra, en la cucha cansada pero con un poquito menos de cargas, escribiendo que es otra de las cosas que me hacen salir de donde no puedo en mis pensamientos y escuchando tremenda playlist de Jarabe de Palo y Drexler. Que puedo decir, fue un día de satisfacciones. Los espero para que vean mi jardín en persona, por las dudas avisen antes no sea cosa que me agarren limpiando.


Que buena terapia esa 😉tendré que ponerla en practica, pero como me cuesta.