Cuando las coincidencias se dan y el refugio nos alberga,
conversamos de la vida, la nuestra.
Esos días helados, que solo sirven para estar tapados, coincidimos esperando el bus y para no aburrirnos charlamos.
Al cabo de un par de semanas encontramos en los discursos: coincidencias y discrepancias, eso hacía interesante la charla pero mas allá de esto último las mismas metas y motores, la adolescencia marcada y la idea estúpida de ser mejores marcaba el ritmo de las charlas.
Las diferencias extremas acortaban la distancia, lo que debía generacionalmente hacer que no tuviéramos nada en común capaz por la curiosidad nos acercaba.
Después vino la etapa divertida, esperar, correr, hacer, trasnochar a kilómetros de distancia por el mismo fin, el único fin en un par de años: dar.
Pero las coincidencias se acaban cuando los caminos divergen, cuando los intereses se diluyen y cuando el miedo ensombrece.
Las charlas ya en monosílabos se transformaban en distancia. Intentando entender en vez de escuchar grite para persuadir …. ya no quedaban coincidencias para conversar.
La excusa se terminaba y el fluir se agotaba, la decisión fue clara la serpiente se mata por la cabeza de un golpe en seco para que no pueda lastimar.
Y así fue una mano y solo una la mató. Terminaron los silencios, la histeria y las coincidencias. La otra mano agarró el pañuelo y lloro de duelo por la víbora muerta. Solo llorar podía, nada más, ni coincidencias, ni charlas, ni corridas. No hubo entierro ni palabras finales, solo un cierre abrupto, digno de una traición que no existió o una huída sin querer decir adiós.
Al fin y al cabo las coincidencias no existen, hace frío el día equivocado en el refugio equivocado.
Y los amigos nos esperan en casa donde no se agotan las charlas y aunque no coincidamos en todo, si todo lo hablamos.

