Después de llegar a los umbrales del mismísimo infierno, se mezcló el picante mexicano en mi boca, corrieron lágrimas de ardor y se cerró la garganta. Solo lágrimas, bajaban por mi mejilla. Una dañina moral me alcanzó otra vez: los otros antes, el amor de los otros, la felicidad de los otros, los avances de los otros, las visitas de los otros.
Y yo sin libertad, solo siendo lo que los otros necesitaban que yo fuera. Me dejaron sin oxígeno en los pulmones y con el ritmo cardíaco disminuido.
Con los pelos pegados a la cara, con la ropa mojada, escalando y pisando en los huequitos y pequeños escalones. Salí del hoyo, con dolores, rasguñada, con agujeros en las mamas, con insomnio, maldito insomnio!.
Pero me bañé en una tina en Punta del Diablo y contemplé y empecé a sanar.
En ese momento pase lentamente la esponja desbordando de espuma por todo mi cuerpo dañado, y cuando llegué al cuello la apreté con más fuerza para que esa espuma me abrazara y secara mis lágrimas, que pasando otra vez todo por el corazón, recordaron el hueco hediondo de donde tuve que renacer.
Me visto, el mar me inspira, compartimos el azul, él se arma y se desarma con cada ola. Así parece que me tocó a mi también. Ser fuerte hasta que me desarmo, hasta que me teclean los tobillos y me hacen comer tierra otra vez, raspándome los codos. Y lentamente primero me siento y después me levanto, me sacudo y sigo.
Y de golpe hago ruido, mucho ruido y muchos me llaman y reparto y hablo y me escuchan y miro para atrás, ¿dónde quedó el hueco infernal? Y cuando miro para delante me espera una cachetada no prevista ¿o si? Yo sabía que iba a ser más de lo mismo, cómo no lo preví, cómo no me di cuenta.
Soy un juego divertido para la existencia, los hago reír, se divierten conmigo, los entretengo; pero sobre todo me hago cargo, siempre me hice cargo de lo que siento, pienso y digo.
Pero en cuanto la cara se deshinche, el rojo baje y el dolor a medias se vaya esparciendo con el viento fresco del otoño, voy a volver a levantarme, una y otra y otra vez.
Y empezamos a poner un ladrillo y otro y estamos construyendo una comunidad. Ahora no solo yo me siento satisfecha y feliz por haber generado ese espacio, sino que lo compartimos con otros, distintos entre sí pero que sentimos y amamos lo mismo.
Esa sensación me hizo sentir bonita.
Después de un año apocalíptico, hoy me miré al espejo y me vi, yo misma, mucho más de lo que era.
Y me dediqué toda la semana para verme y sentirme así. No fue el azar o por plata que me permití tanto mimo junto, sino la chispa misma que se dio al compartir, dando lo que puedo poquito o mucho y tengo ganas de dar, para volver a ser más de lo que era.
Cuando interiormente sienta que la varita de las bengalas de Navidad empezaron a brillar, ni la humillación, ni el desprecio tendrán sentido en mi ser. Siempre fui fuerte, no estoy destruida, una vez más estoy de pie, vuelvo a pensar que soy mucho más de lo que era.
Y me dan unas ganas locas de no verme más las ojeras de tanto llorar o no saber como arreglar mi pelo. Y es ahí cuando me dedico esa semana a: masajes, peluquería, pestañas, comprar el maquillaje que me faltaba y soñar con nuevas comunidades. Quiero ponerme el jean más lindo, un buzo que haga juego con mis ojos, estrenar el maquillaje, y brillar de adentro hacia afuera. Confieso igual que miro de reojo todo lo que viví, que algunas heridas todavía duelen y otras sangran. Pero ya jugaron bastante con mi existencia. Creo que empieza a ser nuevamente mi tiempo. Leer, escribir, avanzar, maquillarme, vestirme como me gusta, con los rulos despeinados y usar championes. Seguro generando proyectos nuevos. Y tomarme quince minutos de sol al día y mi hora y media de yoga que hacen en mi el equilibrio.
Hoy, también, yo la bipolar, la intensa, la idealizadora, la empatíca pero sobre todo la bonita de ojos azules, pestañas arqueadas, labios rojos, rulos dorados, buzo, jean corto y championes blancos, sí, esa, la que hoy es mucho más de la que era, va a brillar otra vez, porque aunque yo creí que estaba destruída, solo estaba descansando, tratando de entender lo que me pasaba para volver a tomar impulso.

