Juntarte con gente que no conoces a escribir es una experiencia que si te gusta escribir no deberías dejar de experimentar. Cuando empezas a estudiar la carrera o el curso que sea, pasa una cosa: todos hablan en el mismo idioma.
En cuanto rompes con el hielo de no saber nombres y te acercas, preguntas, lees, o verificas fórmulas, sentís un alivio inmenso…hay un lugar para vos en el mundo.
Ayer comencé una experiencia nueva, un grupo humano desconocido, una experiencia no conocida, una exposición que me producía un poquito de temor, pero en fin, últimamente cuando quiero algo, midiendo los riesgos lo hago.
Es un taller epistolar, escribimos cartas. Hay una guía, escuchamos escritores hablar de esto y luego nos sueltan en nuestro vuelo con una consigna que justo ayer atravesaba el alma y la mente al mismo tiempo.
En la arena de la playa viendo las pequeñas olas desarmarse, y escuchar su murmullo, escribimos, temblamos, puteamos, nos esforzamos por el idioma y dejamos todo en esas hojas del cuadernito que llevamos.
Terminamos con un momento de agasajo donde me remitió a fiesta con amigos, celebrando haber parido y haber soltado la Culpa que tanto nos perseguía.
Leímos las cartas, se hizo tarde, escuchamos las de cada uno, nos sorprendimos, se empañaron los ojos y también nos reímos, el espíritu joven es directo no te deja fantasear te habla tan claro que de golpe una carcajada de una situación tragicómica nos envuelve. Y siguieron escuchando y me escucharon atentamente y me honraron al hacerlo. Y seguimos escuchando e intercambiando letras, frases, comparaciones y vida, dolor, tristeza y alegría. Ansío el próximo jueves que devenga rápido.
El taller de escritura se llama Raconteruy, lo encuentran en todas las redes si les interesa.

