Ir a la placita de niña era sentir libertad.
Hamacarme lento y después fuerte, subiendo las piernas estiradas para tocar el sol y bajarlas arrolladas para tomar impulso. Correr, jugar a la mancha, ir al subibaja con mi hermano, trepar en la jaula de los monos. Pero lo mejor era el tobogán, hacer cola para subir la escalera, que no siempre estaba en buen estado, llegar arriba y ver todo el barrio, sentarme y bajar de un tirón, cayendo al arenero y correrme rápido para que no me pecharan de atrás.
Hoy me di cuenta que estoy en un tobogán, uno distinto con otra intensidad, de otra forma y desde otro lugar. Al que no hice fila para subir. Me vi dando pasos en los escalones los últimos cinco meses más complejos de mi vida.
Hace unas pocas semanas por fin llegué arriba, y parada puede verlo todo. Lo que pasé y cómo surfé ese tsunami, lo fuerte que soy. Como me ayudó la cantidad de gente que me acompañó en este camino y lo que me está costando recuperarme. Ver los meses que faltan todavía para terminar el año y lograr tomarme unas merecidas vacaciones. Y luego del agua salada de Rocha, volver a enfocarme y proyectar mi vida.
Pero ahora, por fin, tocó la bajadita, me senté apreté la piernas y le estoy permitiendo a la gravedad que me empuje suavemente hasta la arena.
Es un viaje raro, sigo muy cansada a pesar de que pasaron varias semanas, a mi memoria la tengo que ir a buscar dos por tres, voy a lugares los días equivocados, o colecciono tapabocas; no puedo sostener las lágrimas intentando tender la cama o en la ducha escuchando “O segundo Sol, de Cassia”. Y hoy me entero que tengo una infección, y de urgencias me piden exámenes para descartar otra enfermedad, que ni se me había ocurrido podía tener. Gracias a Dios los exámenes dieron negativos, es solo la infección.
Yo pensé que todas las bajadas eran lindas, o por lo menos divertidas como en el tobogán de niña ó en las montañas rusas, porque con un toque de adrenalina llegas a destino.
Pero a este tobogán le faltan tablas, por lo visto tiene varias astillas, las barandas están oxidadas, pero de todas maneras estoy bajando.
Unos días de antibióticos, intentar descansar, permitirme llorar si tengo ganas, dormir un poco más, abrazarme y mimarme. En otras palabras seguir cuidando, pero esta vez a mi.
Si logro bajar rápido por el tobogán, voy a jugar un rato en el arenero, tengo que recordar lo que es disfrutar y gozar, me está costando un montón todavía, y si demoro un poquito más no hay problema lo importante es que ya estoy en la bajada. (igual algún rastro de arena voy a tener 😉).

