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Aterra sabernos libres.

No porque tengamos libertad propiamente dicha sino porque de repente somos conciertes de que podemos tenerla. 
Queremos sabernos dueños, creemos sabernos dueños, pero nos aterra el proceso.

No debemos rendir cuentas, pero lo hacemos y cuando queremos saltar hasta con paracaídas no nos animamos.

Los límites fueron tan bien puestos que no nos movemos aunque sólo estén dibujados en el suelo.

El miedo fue tan bien impuesto que lo abrazamos aunque la libertad sea más fresca y nos permita correr como niños en el patio.

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