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Y te dije que yo también había pensado en abrir una botella. Y entre que buscábamos una peli que no encontrábamos, ya se estaba enfriando.

Me encontré con semanas donde el sentido del día a día se diluye entre saldos de tarjetas, otra vez nuevas formas de trabajar, horas calladas, horas fuertes. Intentar soñar con lo que nos falta y, hasta en algún caso, dejar de intentarlo para que la frustración amaine.

La ruta, los gritos, el silencio y el «Amor» como título del problema. La discusión en la clase, la interpelación de las formas y las formas, el resonar y el crepitar de cada palabra que hace total sentido a lo que metafísicamente siento, sentí y abracé.

Ya en la vuelta, ya en la ruta, ya de noche, lloviznando; entre semáforo y semáforo, entre el calor del aire y el frío de afuera, entre que no me gusta manejar y tengo que hacerlo. Salir de esa reunión le hizo más sentido a mi tarea de este año en ese lugar. Por fin un poco de sentido.

Toqué bocina y me abriste. Ellas, las morochas, me saltaron. Apoyé el celular en la mesa —normalmente lo pierdo en casa— y bajé la mochila. Extraño la estufa a leña.

Y las aceitunas en la vasijita marrón y el queso camembert en triángulos me sorprendieron; es verdad que había todo eso en la heladera. Las copas, los vasos de agua, las cuatro empanadas, la peli.

Me cubrí los pies y disfruté. Así como la playa, así como el chocolate aireado, así como levantarme a las 11:00 un sábado. Disfruté, eso que me ha costado tanto. Y aflojé los hombros, y descalcé mis pies, y el viernes de noche se tornó cuna, y me reí, y me acurruqué, y me dormí.

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